La ingratitud democrática

La ingratitud democrática
Hoy es un día con luces y algunas sombras en la historia de la democracia española. El triunfo ante el golpe de Estado encabezado por Tejero y aplaudido por algunos nostálgicos de la Dictadura, se les volvió del revés a sus promotores y acabó confirmando el futuro de libertades tan soñadas, y tanto tiempo deseada, por la inmensa mayor parte de los españoles.

A la Transición que estaba en marcha le faltaba consolidarse con una derrota clara de sus enemigos. Bien mirado, lo ocurrido hace hoy cuarenta años fue un espectáculo triste en lo esperpéntico, pero no por eso menos duro. Visto cuarenta años después podremos decir que era necesario. Aquellos minutos dramáticos vividos en el Congreso vitalizaron las ansias del cambio político.

Aquel día cambiaron muchas cosas empezando por nuestra imagen internacional, que inicialmente tanta vergüenza nos hizo pasar, pero enseguida se transformaría en la de una España estable, próspera y moderna. La alegría que hoy proporciona la conmemoración es un estímulo en medio de tantos problemas como nos está tocando enfrentar. Sólo dos detalles empañan la fiesta.

Es triste ver que son ya muchas las generaciones nuevas que ignoran aquellos hechos y no valoran su trascendencia. Los mayores solemos quejarnos de que en el franquismo, las clases de Historia nunca pasaban de la dictadura de Primo de Rivera. A veces parece que la tradición continúa y el reciente pasado, tan rico en experiencias inolvidables, apenas se enseña. Vivimos en la anticipación y la historia que estamos haciendo es una lección que no debería desaprovecharse.

Otra sombra, más preocupante y sobre todo más lamentable, es la de algunos partidos políticos que por hacerse notar y adquirir protagonismo de rebeldía contra todo lo que hemos conseguido en estas décadas, no han querido sumarse a una conmemoración de unos hechos de los que son los herederos privilegiados. Si el golpe llega a triunfar, ninguno podría participar ahora con libertad en la vida pública.

Algunos lo hacen para intentar desprestigiar la memoria del entonces Rey Juan Carlos I, a quien, en una muestra de indignidad nacional, mantenemos lejos, ajeno a lo que nos ha legado, cuando realmente fue el principal protagonista de que todos los ciudadanos saliésemos airosos como sociedad y como personas libres de aquel trance. Es lamentable que la caballerosidad de algunos políticos haya brillado por su ausencia. Quienes regatean la gratitud deberían hacerse mirar su conciencia

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