El virus de la interdependencia

El virus de la interdependencia
He de comenzar reconociendo que mis conocimientos sobre salud pública son muy limitados, por decirlo suavemente. Por eso confío en la opinión y el criterio de los expertos. Y la confianza que me transmiten los responsables de salud pública de este país es total. Lo avalan su experiencia en otras situaciones de riesgo y también mi convencimiento de que en sus decisiones e información a la ciudadanía no prima ningún otro interés que no sea el de la salud de la población. Pero parece evidente que las reiteradas garantías de estos responsables de salud pública no han sido suficientes para evitar cierta sensación de miedo, que en algunos casos se convierte en pánico. Esta puede ser una de las explicaciones de la controvertida decisión de los organizadores de cancelar la celebración del Mobile World Congress. Estos días los medios van llenos de análisis y especulaciones sobre las razones que han llevado a importantes compañías tecnológicas a anunciar su no participación en el Congreso, en lo que me parece un caso evidente de profecía de autocumplimiento. Que por cierto, puede repetirse en los próximos meses si continuamos especulando, más que analizando, sobre los impactos económicos de la epidemia del coronavirus. Como sucede cada vez más en muchos conflictos, es probable que la explicación última sea compleja y en ella influyan algunos de los vectores que se vierten en los análisis. Riesgos de salud pública, protección de los participantes, guerra comercial entre empresas, oportunismo de Trump. Ya veremos que nos explica el futuro. Creo, en cambio, que no le estamos prestando suficiente atención al papel que está jugando en esta crisis el factor de la interdependencia de nuestro mundo planetario. No me refiero ahora al hecho de que la globalización y la movilidad de personas comporte un mayor riesgo en la difusión de las epidemias. En contrapartida también hay más información compartida, más cooperación, más instrumentos de intervención global. Estoy sugiriendo que dirijamos nuestra mirada al factor del riesgo que comporta no prestar suficiente atención a la profunda interdependencia, también política, de nuestros países. Y al impacto que las decisiones y las formas de gobierno de unos tienen en todos los demás. Por muy lejanos que estemos y muy distintas que sean nuestras realidades. Estos días, en la Escuela de Trabajo de CCOO, Daniel Innerarity le explicaba a las personas que forman parte del proyecto de formación de dirigentes sindicales la importancia de entender bien el significado de la democracia. Y nos recordaba su definición de democracia, como forma de autogobierno en la que debe existir una correspondencia entre quienes toman las decisiones y quienes reciben el impacto de estas decisiones. Personalmente a mí me seduce, especialmente en estos tiempos, la definición de democracia como el orden social en el que cualquier poder, por pequeño que sea, tiene frente a sí a otro poder que ejerce funciones de vigilancia, de control o de contrapeso. En todo caso son dos maneras de ver la misma realidad, en absoluto contrapuestas ni contradictorias. Innerarity en su clase nos recordó la reflexión recogida en "Una teoría sobre la democracia compleja" en relación al fenómeno político de los "otros". Personas, colectivos, países que se ven afectados por nuestras decisiones sin que pueden tener ninguna participación en ellas. Afortunadamente hemos avanzado –aunque no todos por igual– desde los tiempos en que considerábamos bárbaros a los otros, pero aún no les reconocemos ninguna subjetividad política frente a nuestras decisiones. No se trata de pedir el derecho a voto en las próximas elecciones estadounidenses o en la elección del Comité Central del Partido Comunista Chino, aunque en esos ámbitos se tomen decisiones que nos afectan mucho más que otras más cercanas. Pero conviene no perder de vista esta interdependencia. Necesitamos poner en marcha respuestas a esta realidad para evitar que nuestra democracia se debilite y sea víctima –aún más– de la perplejidad y el desconcierto. La crisis del coronavirus es el ejemplo práctico, un caso evidente, de esta fuerte interdependencia y de cómo no le prestamos suficiente atención a su importancia e impactos. Tengo la impresión de que una parte del miedo o del pánico que se haya podido producir sobre los riesgos de salud pública tiene mucho que ver con la desconfianza que nos produce la manera en la que China y sus poderes gobiernan su sociedad. La falta de transparencia, el oscurantismo, es un gran aliado del miedo. Y la imagen que se nos transmite del tratamiento de la epidemia por las autoridades chinas genera inseguridad –más allá de que alguien la pueda estar alimentando por otras razones que no sean de salud pública–. Lo que quiero destacar hoy es que la manera en que China se gobierna no solo afecta a su sociedad, sino que tiene grandes impactos en otros países, en todo el mundo. Se me dirá que eso ya lo sabemos. Quizás sí, disponemos de mucha información al respecto, pero creo que no la tratamos políticamente. No le damos categoría política a esta interdependencia o la analizamos erróneamente, otorgándole una mera significación económica. La interdependencia planetaria en la que vivimos ha actuado como el factor acelerador de un virus, que no es el coronavirus, sino el del miedo. Una de las lecciones que podríamos sacar de esta crisis es la urgencia de situar la interdependencia a todos los niveles en un lugar central de nuestra agenda social y política.