La ley del camaleón

La ley del camaleón
O el mundo se está volviendo loco, o nos está queriendo volver locos. Mira que he intentado no escribir acerca de la pandemia, pero no hay manera. Se acaban de cumplir 6 meses desde que el presidente del Gobierno instauró el estado de alarma en nuestro país, y el balance es cuanto menos inquietante. 

Solo sé que no sabemos nada, o casi nada de esta enfermedad. Los anticuerpos se van más rápido de lo pensado, medicamentos que parece que funcionan y al final no son tan eficaces, mascarillas obligatorias aunque demasiado tarde, o en cambio los guantes ya no son tan necesarios. Y así estamos, con la ley de prueba y error. 

Es cierto que el mundo está sumido en una carrera a contra reloj por encontrar una vacuna que ponga fin a la crisis sanitaria y económica que asola el planeta, pero también cabe pensar que tenemos a los mejores bioquímicos investigando con unos tiempos a los que la ciencia no les ha acostumbrado a trabajar jamás. Es un hecho histórico que estudiarán en los libros de texto las próximas generaciones. 

El clima que se respira es fantasmagórico y a veces circular por algunas desiertas calles capitalinas da verdadero terror. Solamente cuando lo veamos con perspectiva seremos conscientes del daño emocional que esto ha sembrado. Me refiero a 10, 20 o 30 años, porque para entonces todos tendremos ya cursado el máster en virología e inmunología. La sociedad ha aprendido en estos meses sobre virus mucho más de lo que hubiese hecho en toda su vida. Solamente cuando lo veamos con perspectiva seremos conscientes del daño emocional que esto ha sembrado.

El hombre es un ser camaleónico que termina por adaptarse a todo. Quizá, salvando las dolorosas pérdidas vitales, una de las cosas que más nos está costando es perder el contacto con la piel ajena. En los países del sur de Europa estamos acostumbrados a ese par de besos, al abrazo, a la caricia… y ni el codo vale ya. Esta, aunque no lo parezca, es una de las situaciones que peor lleva la gente. No creo que yo sea el único que cuando veo a una persona querida, o con cierto afecto personal, me quedo paralizado diciendo "a ver cómo te saludo trasmitiéndote lo más querido de mi ser e intentando cumplir con las normas".

Terminas subiendo las cejas por encima de la mascarilla y con cierto pudor. Ni pensar quiero, pero tiene que ser complicado ponerse en la tesitura de un soltero o soltera que por precaución lleva este tiempo sin querer conocer a nadie. Una realidad de la que te das cuenta a poco que hables con los agraciados.

La psicología, ahora más que nunca, tiene mucho que enseñarnos y la gran mayoría de nosotros debería pasar en algún momento por un especialista para recolocarse en el engranaje que este mundo nos está dejando. Ahora bien, hay una cosa que sí que nos ha dejado claro este medio año, y es que la Covid-19 no tiene solo 6 meses de vida. Algo hemos avanzado, porque ni el virus empezó el 11 de marzo en que la OMS calificó como pandemia a esta enfermedad, ni se marchitó aquel 21 de junio cuando nos las prometíamos muy felices con la llegada del verano. Maldita la fecha en que apareció.