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Cómo negarle a un currante que se baje a dar unas caladas

Cómo negarle a un currante que se baje a dar unas caladas
La chica no pasa inadvertida. Es una joven estilosa que sabe sujetar el cigarrillo entre los dedos como una actriz de cine francés. Lo hace constantemente y a cualquiera hora te la encuentras fumando a las puertas de la oficina en la que se supone trabaja.

Tan frecuentes son sus pausas para fumar junto a unos cuantos colegas que su jornada laboral parece quedar reducida a los breves momentos que transcurren entre cigarro y cigarro, no al revés. Es como si les pagaran por fumar, no por trabajar. Aunque la curiosidad me ha tentado, nunca me atreví a preguntarle por la magnanimidad de sus jefes con sus hábitos, no fuera a interpretar mal mis intenciones, que no está el horno para bollos.

La imagen de mi admirada fumadora me vino enseguida a la cabeza cuando trascendió esa sentencia de la Audiencia Nacional que obliga a descontar la pausa del cigarrillo o la del café de la jornada laboral. El fallo –que se produjo el pasado mes de diciembre– avala el que las empresas hagan fichar a los trabajadores cuando interrumpen su labor para fumar o tomar café.

Una decisión que, a primera vista, parece contravenir el buen rollo que debiera existir entre los empleados y sus jefes. Cómo negarle a un currante que se baje a dar unas caladas para satisfacer su adicción, o a ese otro que necesita meterse un chute de cafeína de cuando en cuando para no venirse abajo.

Cabe incluso pensar que un trabajador con el mono de nicotina no estará en condiciones de rendir laboralmente y lo mismo ocurrirá con aquel que tiene la tensión por los suelos. Una cierta manga ancha en este sentido resulta recomendable, lo que no quiere decir que siempre se interprete bien. 

No hay más que ver la montaña de colillas que se levanta en los ceniceros a pie de calle o cubre el suelo a las puertas de los centros de trabajo para entender hasta qué punto algunos abusan de esa confianza empresarial que da por trabajados los tiempos muertos que dedican al humo. 

No es lo mismo bajar dos o tres veces a lo largo del día que hacerlo cada tres cuartos de hora. Esa licencia supone además un agravio comparativo con respecto a sus compañeros no fumadores, muchos de los cuales terminan por salir también de vez en cuando a charlar un rato para no sentirse discriminados.

Puedo entender, en consecuencia, el mensaje de la Audiencia Nacional con esa sentencia que obliga a fichar a los trabajadores para que los minutos que emplean quemando tabaco o tomando café no computen como jornada laboral.

Con la ley en la mano, se considera trabajo el tiempo que el empleado está a disposición de la empresa o con actividad registrada, y en la calle fumando no se da el caso. Otra cosa distinta son los convenios o acuerdos que, en este sentido, se hayan pactado en cada centro de trabajo y que pueden contemplar cuanta flexibilidad se quiera. De no haber ese deseable entendimiento regulatorio, la norma general no puede ser otra que sacar fuera del tiempo de trabajo aquel que se emplea en algo que no lo es.

Yo lo siento por esa glamourosa muchacha que encadena los cigarrillos a las puertas de su oficina. Tras el fallo de la Audiencia, algún rato le tendrá que dedicar a trabajar.